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Crisis en Ucrania: una inflexión en la realidad geopolítica / Tribuna de Pedro del Pozo

por | 18 Feb 2022

En el momento de escribir estas líneas, más de cien mil soldados de Rusia (algunas fuentes hablan de ciento cincuenta mil), se encuentran concentrados a lo largo de la frontera de este país con Ucrania. A pesar de algunas noticias alentadoras aparecidas en los últimos días, en el sentido de que se estarían produciendo ciertas desmovilizaciones de determinadas unidades rusas, fuentes de la OTAN insisten en que la mayoría de estas tropas se encuentran en el máximo grado disposición, es decir, listas para actuar en cualquier momento.

Parece claro que, si el despliegue ruso es solo una maniobra de intimidación para negociar el estatus internacional de Ucrania sobre una base de fuerza, se trata de una intimidación extraordinariamente cara y compleja: desplazar y mantener varias divisiones acorazadas y mecanizadas, en pleno invierno estepario, no es fácil ni barato. Ello y otros factores adicionales (maniobras militares conjuntas con Bielorrusia, movimientos de buques y submarinos hacia posiciones clave, etc.) nos lleva a inferir que, más allá de una posición de fuerza negociadora, la probabilidad de un enfrentamiento armado, ya veremos de qué entidad, entre Rusia y Ucrania es posible, incluso probable.

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Debemos tener presente que, en el caso de que al final veamos un desenlace bélico, no debería producirse mucho más tarde de unos pocos días o, a lo sumo, unas cuantas semanas. No es solo el coste y desgaste de mantener esta enorme fuerza posicionada: en breve, hacia abril, comenzarán los deshielos en la zona, un factor que puede ralentizar el movimiento de las grandes unidades motorizadas. En ese sentido, el tiempo (físico y atmosférico), corre en contra de Rusia.

Naturalmente no todo está dicho: queda la posibilidad de un arreglo diplomático. Un arreglo, por cierto, que Vladimir Putin pueda esgrimir como victoria política frente a occidente. Algo que, de ser posible, sería a costa muy probablemente de las decisiones soberanas de Ucrania.

El camino hacia Kiev cambia la geopolítica

Resulta tentador y, por otra parte, lógico, preguntarnos cómo hemos podido llegar a esta situación. Sin ninguna duda, nos encontramos ante un conflicto que hunde sus raíces en el pasado: la propia Rusia tiene parte de su germen en el medieval Rus de Kiev. En ese sentido, son muchos los lazos históricos que unen a ambas naciones. Algo que el renovado nacionalismo ruso tiene muy presente. No obstante, para comprender cómo es posible haber llegado al estado de cosas actual, resulta primordial analizar el mundo en su conjunto y, en particular, el otro lado del Atlántico.

La caída del Muro de Berlín y la posterior desintegración de la URSS inauguraron en los primeros noventa un auténtico Nuevo Orden Mundial. Se trataba de un orden en el que solo existía una auténtica superpotencia: Los Estados Unidos de América. Europa, una aliada de EE.UU. a través de la OTAN, iniciaba una senda de aceleración en su integración, a través del tratado de Maastricht. De manera análoga, el mundo comenzaba un proceso de globalización realmente espectacular, al calor de la distensión general, la apertura comercial y la expansión de las nuevas tecnologías, especialmente de información.

El 11 de septiembre de 2001 fue el comienzo de muchos cambios, hoy evidentes: En aquel momento, Rusia seguía sumida en un proceso de reconstrucción interno, lastrado además por la incesante guerra de Chechenia, un postrer intento de evitar la desmembración nacional postsoviética. China en esas fechas apenas tenía el PIB de España, aunque apuntaba ya crecimientos realmente espectaculares. Europa se disponía a adoptar el euro como moneda única de uso cotidiano.

Tras el 11-S, EE.UU., en su doble papel de atacado y policía mundial, comienza una serie de movimientos estratégicos, especialmente en Iraq y Afganistán, pero también en Europa (expansión de la OTAN hacia el este, invitación a Ucrania y Georgia a formar parte de la misma, etc.) cuyos resultados finales van a suponer a nivel interno, entre otras muchas cosas, el hartazgo de buena parte del país en los asuntos internacionales. Ello deriva en el cambio de un presidente abiertamente intervencionista, George Bush Jr., por una nueva administración, liderada por Barack Obama que, en respuesta al cansancio del público estadounidense con el intervencionismo, realiza una no por entendible menos peligrosa dejadez en el liderazgo mundial. Un liderazgo que Norteamérica había venido detentando en medio mundo desde la Segunda Guerra Mundial y en el mundo entero, desde 1989. Y lo peor es que, tras Obama, no hubo reconstrucción de dicho liderazgo: en su lugar, la administración Trump dejó la estima global por EE.UU. en su peor momento, probablemente desde Vietnam.

Cinco gobiernos consecutivos (dos de Bush Jr., dos de Obama y uno de Trump) de continuo deterioro en quien se espera un liderazgo mundial, no es algo que el mundo pueda encajar sin cambios profundos. El hueco dejado por Norteamérica era lógico que no tardara en cubrirse. Y, de hecho, se ha cubierto.

Al calor del espectacular desarrollo de China, el gigante asiático se ha convertido en apenas veinte años en un actor político de primer orden, a escala mundial. Es más, su empuje en el ámbito económico y también militar, ha tenido como efecto que el polo de atención geopolítico haya pasado, sin ningún género de dudas, del Atlántico al Pacífico.

Si hasta antes de ayer China era un país productor de manufacturas y un mercado interesante para occidente, hoy la visión ha cambiado radicalmente: no es solo un competidor comercial (que, por cierto, no juega del todo limpio) sino una potencia que busca irradiar su poder, cosa que entra dentro de lo normal. No obstante, parte de ese empuje tiene que ver con su posición de dominio en el Mar de China y, en concreto, con el claro ánimo, por no decir vehemencia, de sus reivindicaciones con Taiwán.

Todos hemos sido (y seguimos siendo) espectadores de la llamada “guerra comercial” entre EE.UU. y China, una auténtica lucha de poder económico. Pero es muy posible que buena parte de la opinión pública tal vez no sea consciente de la tensión militar que, desde hace meses, se vive en el estrecho entre China continental y Taiwán. Como ejemplo, la marina norteamericana tiene desplegado en la zona un portaaviones de manera casi permanente, sin contar las unidades acantonadas en sus bases en el Pacífico, especialmente en Japón y Guam. En este contexto habría que entender también la alianza AUKUS entre EE.UU., Reino Unido y Australia: sin duda Australia ha pasado de ser un jugador lejano del tablero geopolítico para constituirse en un actor principal. No es de extrañar que sus fuerzas armadas se encuentren en un proceso de expansión que, de hecho, van a convertir a su aviación y armada en entidades numéricamente superiores a sus equivalentes españolas, país que le dobla en población.

Aunque Rusia es vecina del Pacífico, su interés de seguridad, a día de hoy, está centrado en el oeste. Rusia no ha tenido una expansión económica tan importante, ni mucho menos, como China. No obstante, su peso específico como país ha ganado enteros de la mano de su importancia como proveedor de materias primas y, de manera específica, de energía, y de un renovado interés en participar como nación relevante en la esfera mundial. En una palabra, de una nueva determinación. Ello quedó muy patente durante el pasado conflicto en Siria: la vieja Rusia, con peso global, ha vuelto.

Con Taiwán y Ucrania de fondo, naturalmente, era cuestión de tiempo que China y Rusia llegaran a una entente entre ambas. Al fin y al cabo, sus adversarios son comunes, esencialmente los EE.UU. y sus aliados, dentro y fuera de la OTAN. No obstante, conviene tener presente que, a día de hoy, los EE.UU. gastan en defensa casi 700 mil millones de dólares al año, lo que representa mucho más del doble de lo que invierten en seguridad China (unos 230 mil millones) y Rusia (que, con 60 mil millones, apenas gasta en defensa poco más que el Reino Unido). En ese sentido, el poder de Rusia y China es muy grande en su área de influencia y sigue creciendo, pero aún no son, estrictamente, potencias militares globales como sí lo es EE.UU., el único país actualmente que, en realidad, puede hacer la guerra a gran escala en cualquier rincón del mundo.

Y ahora, Ucrania

Habíamos dejado a varias divisiones rusas a las puertas de Ucrania. Si observamos su material, están dotadas esencialmente de carros de combate T-90 y T-80. Se trata de tanques muy operativos, pero no exactamente modernos. De hecho, el parque acorazado de Rusia está muy entrado en años, y sigue dependiendo, para llegar a sus enormes números, de los aún más antiguos T-72 y T-64.

Y es que Rusia juega a ser primera potencia con un PIB apenas superior al de España. Eso no quita que su ejército tenga unidades y material, en muchos casos, más que apreciable. Hacia Ucrania han desplazado aviones de ataque SU-34, que tan buen rendimiento han dado en Siria, o los avanzados SU-35, un avión que podría comparar con nuestro Eurofighter. Así mismo, la artillería rusa, un arma siempre sobresaliente, se ha modernizado de manera notable y presenta, en todo caso, unos números que no guardan relación con su equivalente occidental, tanto en obuses remolcados, autopropulsados o en artillería en base a cohetes. Pero, sin menospreciar en absoluto su poder, las unidades modernas son solo una pequeña fracción de sus fuerzas armadas. De hecho, las limitaciones económicas (y tecnológicas) no les están permitiendo obtener prestaciones similares a las occidentales con su avión furtivo SU-57 o su nuevo carro T-14 “Armata”, muy inferiores a los cazabombarderos F-22/F-35 estadounidenses de quinta generación o a las variantes avanzadas del carro Leopard 2, de dotación en el ejército español.

Rusia sabe esto perfectamente. Y, en ese sentido habría que interpretar las palabras de Vladimir Putin, hace apenas unos días en el sentido de que “occidente es más poderoso militarmente que nosotros, pero si entramos en conflicto con la OTAN, no habrá ganadores en esa guerra”. Una forma sutil de recordarnos que Rusia mantiene aún un importante arsenal nuclear.

No obstante, si las fuerzas armadas rusas no son para la OTAN el oponente que fue la URSS, sí son, con diferencia, mucho más poderosas que el ejército ucraniano, equipado en esencia con material de la era soviética, es decir, equivalente a la parte más antigua de dotación en Rusia. En ese sentido, algunos países occidentales están enviando algún armamento moderno a Ucrania. Se trata no obstante de material ligero, esencialmente misiles contracarro, muy necesario para intentar frenar al arma acorazada enemiga. Evidentemente, no tiene sentido armar con sofisticados carros y aviones a un país que no va a tener tiempo material de aprender a usarlos, ni mucho menos una doctrina adecuada de manejo.

Por ello, Rusia tiene muchas opciones militares para enfrentar a Ucrania: puede intentar entrar en Kiev como una tormenta de primavera, aunque esto es poco probable, habida cuenta las complicaciones inherentes de una guerra urbana, con esperable fuerte resistencia. Tampoco tomar el país completo parece viable para un ejército y una economía como la rusa. Por el contrario, una campaña limitada en Donbass, o la apertura de un corredor con Crimea, le darían una posición estratégica muy importante y, desde luego, una baza negociadora relevante. Hay que decir que Rusia ha sido históricamente muy proclive a esta clase de movimientos, con uso de fuerza intensa, pero con un objetivo limitado. Algo parecido a lo que intentó (y consiguió) Egipto con Israel en la Guerra de Yom Kippur de 1973. Egipto, por cierto, cliente de la entonces URSS.

Y, mientras se publican estas líneas y los diplomáticos intentar evitar el horror, los soldados velan las armas. También la OTAN, que ha movilizado distintas unidades hacia los países miembros fronterizos. Aunque es del todo improbable una confrontación Rusia-OTAN por Ucrania, sí es evidente que, caso de iniciarse un conflicto, occidente rompería relaciones de manera inmediata con Rusia. Esto es algo que tendrá un efecto muy relevante sobre la economía a corto plazo, de manera específica sobre el precio de la energía, en un momento en el que la inflación constituye el principal problema económico. De cualquier manera, Ucrania marca un antes y un después en el juego multipolar. Tal vez sea el comienzo de un nuevo orden con esferas de influencia, no tan parecido a la Guerra Fría como al mundo en 1914. En esa línea, y siguiendo la analogía histórica, no debemos permitir que 2022 sea una reedición de Munich 1938. Ya sabemos en qué derivó aquello. Y, en este caso, no solo Rusia está atenta a nuestro compromiso firme con la paz, la estabilidad y la seguridad mundiales. También China nos mira…mientras contempla de reojo a Taiwán.

 

Pedro del Pozo, director de inversiones financieras de Mutualidad de la Abogacía

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