2026, un año para reajustar carteras.- Al igual que no deberíamos juzgar un libro por su portada, en los mercados financieros haríamos mal en quedarnos únicamente en el saldo —excepcional, por otro lado— de los activos de riesgo en este 2025. Detrás de esos dos dígitos de rentabilidad que muestran la mayoría de los mercados de renta variable mundiales se esconde un año volátil, un ejercicio en el que se llegó a poner en tela de juicio la estabilidad del comercio mundial y en el que se han perdido algunas correlaciones que se tomaban por irrompibles.
Los altos niveles de liquidez que hay en los mercados han actuado como un elemento amplificador de las subidas. El dinero en circulación, M2 (mide efectivo, depósitos a la vista y de ahorro y otros pasivos líquidos del sistema financiero y se utiliza como proxy de la liquidez mundial disponible) se encuentra cerca de sus máximos históricos, incluso por encima de los niveles alcanzados en la época de pandemia. Lo anterior se explica por la combinación de tipos reales a la baja, la relajación monetaria y el menor ritmo de drenaje de algunos bancos centrales. Esto ha apoyado la inversión en activos de riesgo (renta variable, crédito y materias primas) a lo largo del año, permitiendo entradas oportunistas en correcciones de mercado como la que se produjo en primavera a raíz del ruido generado por la política arancelaria de la Administración Trump.
Este soporte de la liquidez ha permitido que mercados caros en términos históricos —como es el caso de Estados Unidos— o aquellos donde los beneficios van a tener crecimientos planos o negativos —Europa— cierren el año con subidas notables.
En el crédito ha pasado algo similar. A pesar de convivir la mayor parte del año con diferenciales muy cercanos a los mínimos históricos, los activos de peor calidad y tradicionalmente más arriesgados han sido los que mejor saldo han registrado en el año.
A este optimismo generalizado ha contribuido, y mucho, la temática de la inteligencia artificial, que ha centrado no solo la mayoría de las conversaciones en los mercados, sino también las esperanzas y los miedos de los inversores. Quizás la pregunta más repetida en este año que acaba ha sido si estamos en mitad de una burbuja o no. Es una pregunta difícil de contestar, puesto que las burbujas y sus estallidos son más sencillos de observar a posteriori. Ante esta cuestión, lo mejor es acudir a los datos, y estos nos muestran que las compañías que han liderado el avance son, en general, negocios de una calidad excelente, grandes generadores de caja y con retornos sobre el capital muy elevados. Esto supone una gran diferencia con otros episodios de sobrevaloración del pasado, siendo la burbuja tecnológica de finales de los noventa la que todos tenemos en la cabeza.
Ahora bien, que no estemos en una burbuja en el momento actual no implica que no podamos asistir a una en los próximos años. La IA está en ese momento, común a todas las tecnologías disruptivas, en el que el optimismo y las expectativas se disparan y, con ellos, las necesidades de inversión. Esto va a llevar a las grandes compañías tecnológicas a disparar sus niveles de CAPEX para hacer frente a todas las inversiones necesarias para liderar la carrera por la IA. Dado que estas necesidades de inversión pueden situarse por encima de su capacidad de generación de caja, veremos a estas compañías acudir a los mercados de bonos y a la deuda privada para completar dichos niveles de inversión.
Ya sabemos que la deuda no es algo esencialmente malo; simplemente depende de los retornos que se consigan con la cantidad que se pide prestada, y ahí puede estar el problema en los próximos años. Los retornos de una tecnología tan novedosa son inciertos, y más aún que sean alcanzables en el corto plazo. Aquí es donde puede venir la decepción para los inversores. Quizás, en esta situación, tengamos que prestar atención no tanto a la cuenta de resultados de estas compañías como a sus balances.
Algo está pasando con los tipos de interés
Uno de los temas de los que deberíamos hablar en este cierre de 2025 es lo que está sucediendo con las curvas de tipos de interés, afectadas por un punto de inflexión en lo que a los equilibrios fiscales se refiere.
La idea principal es que los gobiernos han abandonado el concepto de austeridad de una manera casi generalizada. Ya sea porque la administración Trump considera el excepcionalismo americano como algo inviolable y que permite a la primera economía del mundo convivir con déficits y deuda estructuralmente altos, o porque hay que financiar los incrementos en defensa en los países europeos, o porque Alemania se ha cansado de hacer los deberes a costa de su crecimiento.
Cada país tiene su argumento para justificar su indisciplina fiscal, pero la realidad es que, cuando miramos las previsiones de deuda sobre PIB de las principales economías del mundo, prácticamente todas presentan un panorama creciente para los próximos años. La tentación de monetizar déficits estructuralmente altos, vía emisión de deuda, es grande siempre que haya compradores. Ahora bien, los compradores tienen expectativas racionales y van a demandar tipos de interés más altos ante la mayor emisión de deuda.
A día de hoy, el tipo a diez años estadounidense está más alto que cuando empezó el ciclo de bajadas de tipos en septiembre del año pasado. Esto rompe una tendencia que viene desde los turbulentos e inflacionarios principios de los años ochenta, que implicaba que las rebajas en el tipo de intervención traían aparejadas bajadas en el tipo a diez años.
Modelos que tradicionalmente establecían el nivel del tipo a diez años con precisión han dejado de funcionar, y eso hace que la duración en deuda ya no sea el refugio que tradicionalmente era. Esto no es algo exclusivo de Estados Unidos: en este 2025 hemos visto cómo la pendiente de la mayoría de las curvas repuntaba, no por mayor crecimiento o inflación, sino por una mayor desconfianza por parte de los inversores.
Renta Fija: Certidumbre ante la incertidumbre.
El panorama de la renta fija no es especialmente alentador para 2026. La Fed seguirá manteniendo su política de bajadas de tipos, con la esperanza de mantener la inflación controlada, aunque su nivel actual del 3 % es cualquier cosa menos algo controlado. La característica dual de su mandato permite a la Fed seguir justificando las bajadas de tipos ante la supuesta debilidad del empleo estadounidense.
Estas bajadas de tipos seguirán siendo gasolina para la liquidez —como lo es el final de su reducción de la oferta monetaria, QT, y la reinversión de los vencimientos de deuda en letras— y, por ende, para los activos de riesgo, pero la inflación sigue siendo un riesgo evidente, por mucho que nos empeñemos en obviarla.
En Europa, y a pesar de las voces que apuntan a subidas de tipos a final de año, la casa está mucho más ordenada. Las estimaciones de inflación apuntan a niveles del 1,8 % a finales de 2026 y, salvo una expansión desaforada del crecimiento, los factores deflacionarios —como el precio de la energía o la fortaleza del euro— seguirán manteniendo las cifras de inflación en una zona donde el BCE pueda manejarse con tranquilidad.
Por el lado del crédito, los diferenciales son muy escasos y reflejan una situación de complacencia total, donde la percepción de riesgo brilla por su ausencia. Esto es consecuencia, sin duda, de los buenos fundamentales, pero también de unos inversores que, igual que son capaces de comprar bolsa con múltiplos por encima del percentil 95 histórico, compran crédito a largo plazo con los diferenciales en mínimos.
Ante todo esto, la estrategia más adecuada nos parece la de minimizar riesgos, centrar las inversiones en los tramos corto-medios de las curvas —duraciones en el entorno de los tres años— y en activos de calidad, utilizando el high yield únicamente en los tramos más cortos.
Renta Variable
Tras un arranque de año volátil, las bolsas, a nivel global, han acabado 2025 con fuertes revalorizaciones con subidas medias del 19%. Especialmente fuertes han sido en Corea del Sur, Brasil y España, donde se han registrado avances superiores al 40/50% gracias a la tecnología, materias primas y bancos.
Las razones que explican este comportamiento son varias. En primer lugar, como comentábamos, los altos niveles de liquidez que hay en los mercados.
En segundo lugar, los beneficios empresariales que, de media, han estado por encima de lo previsto, máxime con el miedo generado a principios de año por un posible “shock” arancelario y la probabilidad de que se produjera una recesión. Así, en el Standard & Poors 500 los beneficios por acción, BPA, han subido un 12% impulsados por el sector tecnológico y el cíclico mientras que en el Stoxx600 el incremento ha venido gracias a bancos, defensa y energía.
En tercer lugar, los recortes de los tipos de interés tanto por parte de la Fed (tres bajadas) como del Banco Central Europeo (cuatro bajadas) gracias a unos niveles de inflación más controlados y los rápidos acuerdos arancelarios a los que se ha llegado por parte de EE.UU con otros países (a la espera de lo que pase con China) también han actuado como catalizador en los mercados.
Y después de todo esto, ¿ahora qué?, ¿qué podemos esperar de los mercados para los próximos meses?
Hay una serie de factores que van a seguir apoyando a los mercados: la liquidez no tiene pinta de desaparecer súbitamente y la bajada de tipos de interés podría ir a más en el caso de la Fed. Hemos de recordar que en mayo de 2026 expira el mandato del actual presidente de la Fed y ya se ha iniciado desde la Casa Blanca el proceso para designar a su sucesor. Lo más probable es que el nuevo presidente de la institución sea más permeable a los deseos de Trump de alcanzar unos tipos “en el 1% e incluso menos”.
Dicho lo cual, hay que ser conscientes de que nos encontramos en un mercado impulsado por narrativas (sobre todo la Inteligencia Artificial) que ha provocado la mayor concentración sectorial en el Standard & Poors 500 de los últimos 140 años. El, cada día, mayor peso de la inversión pasiva que ya alcanza el 55% en EE.UU y casi el 30% en Europa, está siendo decisivo en este proceso y genera una serie de desequilibrios y riesgos que no hay que obviar: mucho dinero fluyendo a los mismos sectores y valores que ante cualquier noticia de corte negativo puede provocar una fuerte corrección (algo que ya vimos en 2022 o a comienzos de este año en Nvidia ante la aparición de Deepseek en China). Así, comienza a haber un “runrún” sobre una posible burbuja en el sector tecnológico, sobre las valoraciones que han alcanzado ciertas compañías y sobre la avalancha de deuda utilizada para financiar el capex en IA y centro de datos, lo que podría saturar el mercado crediticio. Además, hemos de tener en cuenta que parte de esa deuda está siendo financiada por los propios proveedores a sus clientes.
Con este escenario como telón de fondo y siempre con la prioridad de preservar el patrimonio de nuestros partícipes (este es el ADN de Finaccess) recomendamos prudencia, priorizando el margen de seguridad en las inversiones. Y la mejor manera de maximizar este margen de seguridad es volver la vista hacia sectores/valores “olvidados” por el mercado, que siguen generando beneficios y que se encuentran cotizando con descuento frente a sus medias históricas. Segmentos como el de las pequeñas y medianas compañías, sectores como el farmacéutico, consumo, autopartes, alimentación o el industrial, atesoran ideas con potencial de revalorización relevante.
Lo mismo se puede decir de algunas compañías que operan en el sector de defensa europeo a las que, a pesar de los buenos rendimientos de los últimos trimestres, les seguimos viendo margen de subida en bolsa gracias a las buenas previsiones en contratos, cuenta de resultados y expansión de márgenes para los próximos años.
Todos ellos negocios simples, que ya están funcionando y generando beneficios y que no suponen un “acto de fe”. Como decía Peter Lynch “Cuanto más simple es, más me gusta”.
El oro, otro de los protagonistas del año
Que un activo como el oro, considerado tradicionalmente como una reserva de valor, suba en un año más de un 60 % debería invitar a una reflexión. Es prácticamente imposible determinar la causa principal de la subida del oro: puede ser consecuencia de la enorme liquidez que estamos viendo —a la que hacíamos referencia antes—, puede ser la pérdida de confianza en el dólar —la narrativa más extendida— o, quizás, la anticipación de un shock en los mercados.
La razón exacta de la subida no la sabe nadie. Es muy difícil valorar el oro: no tiene flujo de caja y sus usos productivos son limitados. Pero en un entorno donde los riesgos son los déficits, la deuda pública y la inflación, las carteras deberían tener siempre una cantidad estructural de oro.
2026, un año para reajustar carteras
El próximo año se presenta como más complicado de lo que parece. El entorno de liquidez ha suavizado muchos riesgos, pero ha generado focos sin resolver —la inflación, unas valoraciones que solo se sostienen si los beneficios siguen creciendo a doble dígito—, lo que nos obliga a gestionar de una manera activa y prudente. La búsqueda de oportunidades en aquellos activos y segmentos del mercado que han estado un poco más olvidados será una de las claves, como lo será la no asunción de riesgos que no aportan valor y que, en este momento, están por debajo del radar de los inversores.
✅ Equipo de Inversión de Finaccess Value.
🎯2026, un año para reajustar carteras, en tiempodeinversion.com











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