Un año después del crack del 2020: lecciones y previsiones

por | 18 Mar 2021

La crisis del Covid-19 que comenzó hace ya un año ha tenido y seguirá teniendo muchas repercusiones. La transición tecnológica en curso se ha acelerado enormemente debido a la necesidad de encontrar nuevas formas de hacer funcionar nuestras economías, mientras que la desindustrialización llevada a cabo durante décadas en la mayoría de los países europeos ha puesto de manifiesto nuestra dependencia de los grandes centros de producción de los países emergentes.

Más allá de estos hechos, esta crisis parece haber echado por tierra el dogma de Bruselas sobre los déficits presupuestarios. Esta cuestión, sobre la que el Banco Central Europeo lleva años alertándonos, es ahora una realidad, debido al apoyo fiscal, a una escala casi sin precedentes, puesto en marcha en la mayoría de los países desarrollados, con Estados Unidos a la cabeza. Otro dogma que no ha sobrevivido a la crisis es el relativo a la mutualización de la deuda en la zona euro.  De hecho, el fondo de recuperación “Nueva generación de la UE” contribuirá en la reactivación económica europea centrándose en las zonas más afectadas por esta crisis, para disgusto de algunos países nórdicos.

Gracias a la fortísima acción gubernamental (mucho más fuerte que en 2008), la situación macroeconómica está mejorando claramente y se espera un crecimiento global en torno al 6% en 2021. También en términos de salud, la situación está mejorando con las vacunaciones, cuyo ritmo se está acelerando, lo que debería permitir una reapertura gradual de las economías entre el segundo y el tercer trimestre. Y si se tiene en cuenta el ahorro de los consumidores, es muy probable que estas previsiones de crecimiento mejoren aún más en los próximos meses. Estas buenas noticias han tenido lógicamente un impacto significativo en los mercados financieros, con los precios de las acciones subiendo con fuerza, también los de las materias primas y, en el mercado de renta fija, subidas de tipos en las últimas semanas.

La gran pregunta ahora es si el aumento de las expectativas de inflación será sostenible o no. La inflación aumentará fuertemente en 2021, de la mano de efectos de base muy positivos (segundo trimestre en EE.UU., cuarto trimestre en la zona euro), pero más allá de los efectos temporales, ¿cuál será la dinámica de los precios en los sectores de servicios cuando se reabran las economías?, ¿será real la deslocalización de las industrias y dará lugar a mayor inflación? Es difícil responder a estas preguntas actualmente y también es difícil tener una opinión clara sobre la valoración de los puntos de equilibrio de la inflación.

En este contexto, las perspectivas para los mercados de renta variable nos parecen favorables, con una clara preferencia por los sectores “value” (de valor) que se benefician de la subida de los tipos de interés (incluidos los bancos). Nos mostramos más cautelosos con los valores tecnológicos, cuyos niveles de valoración serán cada vez más difíciles de justificar. También somos prudentes con respecto a los tipos de los bonos soberanos y al crédito de mayor calidad, ya que los tipos de interés siguen estando bajos, sobre todo en Estados Unidos. Los bonos europeos deberían tener un mejor comportamiento mejor (mucha menos presión inflacionista en la zona euro, menos estímulos fiscales, menos crecimiento, etc.). Los activos con amplios diferenciales (especialmente los títulos especulativos de alto rendimiento) deberían beneficiarse de la mejora macroeconómica, con un efecto de estrechamiento de los diferenciales que compensará el efecto negativo de la subida de tipos.

Por último, somos muy negativos con respecto a los tipos reales estadounidenses: con un crecimiento del 7% en 2021, un estímulo fiscal del 10% del PIB (sin contar el aprobado en diciembre) y un consumidor más confiado, la Reserva Federal (FED) no necesita, en nuestra opinión, mantener unas condiciones financieras tan acomodaticias.

François Rimeu, estratega senior de La Française AM

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