La fortaleza está en la calma, y esto también se aplica a la política monetaria. Por regla general, el Banco Central Europeo (BCE) evita generar suspense innecesario antes de posibles cambios en los tipos de interés. En esta ocasión, no ha sido distinto: el presidente del Bundesbank, Joachim Nagel, prácticamente anticipó la decisión sobre los tipos cuando habló con el diario francés Le Monde a principios de septiembre:
«La inflación se encuentra actualmente muy lejos de nuestro objetivo a medio plazo […]. Según las previsiones de junio, solo volverá al 2% a medio plazo bajo el supuesto de unos tipos de interés más elevados. En consecuencia, los mercados están descontando una probabilidad superior al 95% de que subamos los tipos en nuestra reunión de septiembre. Diría que los mercados tienen ahora una idea bastante clara de nuestra respuesta en materia de política monetaria».
Fiel a lo anunciado, el BCE respondió a la persistencia de una inflación elevada en su última reunión de política monetaria con una segunda subida de los tipos este año, elevando el tipo de la facilidad de depósito del 2,25% al 2,5%.
Seis meses de precios elevados
Desde hace seis meses, la inflación de la eurozona se mantiene en torno al 3%. En agosto llegó incluso al 3,3%. Como es bien sabido, la coincidencia temporal de estas elevadas tasas de inflación se remonta a los ataques estadounidenses contra Irán y a las consiguientes restricciones en el suministro de combustibles fósiles. En este contexto, no sorprende que los precios de la energía aumentaran un 14% interanual en agosto y hayan seguido siendo el principal factor detrás de la evolución reciente de los precios.
Desde el punto de vista de la política monetaria, pueden extraerse varias conclusiones. En el lado más positivo, el reciente repunte de los precios de la energía sigue estando muy por debajo de los niveles registrados en 2022: tras el estallido de la guerra en Ucrania, los precios de la energía llegaron a aumentar en algunos momentos más de un 40% interanual. Aunque las preocupaciones por la inflación están plenamente justificadas, esto permite al menos restar dramatismo a la situación actual.
También hay cierto motivo para el optimismo en el hecho de que el crecimiento de la eurozona fue ligeramente superior a lo esperado en el segundo trimestre. A pesar de las incertidumbres geopolíticas y de la persistencia de unos precios del petróleo elevados, la economía interna está demostrando ser algo más resistente de lo previsto. Así lo confirman las últimas previsiones de los expertos del BCE, que ahora esperan un crecimiento de la eurozona del 0,9% este año, frente al 0,8% previsto en junio. En consecuencia, el modesto ritmo de crecimiento sigue dando al BCE cierto margen de maniobra en materia de tipos de interés, un margen que decidió utilizar en su última reunión de política monetaria.
Aumenta el riesgo de efectos de segunda ronda
Por el momento, al menos, el BCE ha hecho los deberes en materia de política monetaria. La inflación sigue siendo sencillamente demasiado elevada, y la probabilidad de que se produzcan efectos de segunda ronda aumenta cuanto más tiempo se mantenga la inflación en niveles elevados. Por ejemplo, los sindicatos podrían intensificar sus demandas en las próximas negociaciones salariales si la inflación no se modera pronto. Esto, a su vez, ejercería una presión alcista sobre la inflación de los servicios intensivos en mano de obra, que lleva ya 53 meses en el 3% o por encima de este nivel.
El nuevo escenario central elaborado por los expertos del BCE pone de manifiesto la dificultad del entorno actual. Prevé una inflación subyacente – que excluye los componentes volátiles de alimentos y energía – del 2,6% el próximo año. Por tanto, un rápido retorno al objetivo de inflación del 2% no puede darse en absoluto por sentado.
Actuar con cautela
Con su última subida de tipos, el BCE está respondiendo al creciente riesgo de efectos de segunda ronda. Sin embargo, en el periodo posterior a la reunión de septiembre, las cartas podrían volver a barajarse.
Los precios del petróleo y del gas siguen fluctuando considerablemente, y continúa siendo imposible predecir cuándo se resolverá el conflicto en torno al estrecho de Ormuz. Aunque la reanudación del transporte marítimo podría aliviar rápidamente la presión sobre los precios de la energía, un bloqueo prolongado podría generar cada vez más presiones inflacionistas de segunda ronda, por ejemplo, a través de una mayor inflación salarial.
Por tanto, las implicaciones para la política monetaria variarán en función de cómo evolucione la situación. En consecuencia, no hay actualmente ninguna razón para abandonar el enfoque ya probado de tomar las decisiones reunión a reunión.
✅ Julian Marx, analista de Flossbach von Storch.









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